También para la ciudad de Bellaria, el puerto siempre ha sido el lugar ideal para vivir y disfrutar de la tranquilidad. Históricamente, a la izquierda de la desembocadura del Uso, ya desde finales del siglo XIX, se fue formando un grupo de casas, probablemente cabañas habitadas por pescadores que guardaban sus barcas en el río, que servía temporalmente como refugio portuario. Estas pequeñas embarcaciones eran de vela y de remos, y se usaban para la pesca costera, es decir, la que se hace cerca de la costa. Los fondos, demasiado bajos y muy peligrosos cuando el mar estaba agitado, no siempre permitían hacerse a la mar o volver a puerto, lo que generaba un motivo de queja constante por parte de la gente de mar de Bellaria.
Durante el otoño, los pescadores se trasladaban a cabañas de madera y paja en el delta del Po para pescar anguilas y se quedaban allí varios meses. Una costumbre muy extendida entre los jóvenes y los mayores, sobre todo en la temporada alta, era la «tratta», es decir, una red que se echaba desde la barca y luego se tiraba a mano desde la orilla. El pescado así capturado lo llevaban las pescaderas en bicicleta a los pueblos y a las casas dispersas del interior, y a menudo se intercambiaba por productos agrícolas. Esta próspera actividad pesquera en Bellaria sigue vigente hoy en día, a pesar de que el puerto actual, que cuenta con mejores instalaciones, no permite el atraque de embarcaciones grandes como en los puertos vecinos de Rímini o Cesenatico.
El puerto de Bellaria, al estar situado en la desembocadura del río Uso, tiene una entrada protegida por dos muelles y mide unos 30 m de ancho. Es prácticamente imposible entrar cuando el mar está agitado; el puerto sufre sedimentación en el fondo, por lo que, durante el invierno, se draga periódicamente. Es importante prestar atención a las continuas mareas altas y bajas y a los acantilados que discurren paralelos a la costa a lo largo de todo el pueblo de Igea Marina. Sus reducidas dimensiones limitan, inevitablemente, el número de amarres disponibles, que nunca superan las 35/40 unidades, de las cuales 5/6 están destinadas al tránsito y, en cualquier caso, para embarcaciones de una eslora no superior a los 12 m.
Las orillas de este puerto-canal cuentan con muelles con una profundidad de hasta 3,50 m y, en los momentos de mayor afluencia, puede acoger hasta 500 personas que, directa o indirectamente, residen allí temporalmente. La gente, sin duda, disfrutará de los servicios generales que toda la ciudad turística podrá ofrecer; al mismo tiempo, el puerto deberá poder acoger a los usuarios con una serie de servicios específicos presentes en la zona portuaria y que formen parte de la misma. El proyecto prevé la creación de estos servicios con funciones específicas y especializadas: desde el almacenamiento y el mantenimiento hasta los servicios a las personas, pasando por las direcciones de comercios relacionados con la náutica. Los edificios que albergan estos servicios se distribuyen en las zonas disponibles de forma secuencial, en una disposición perpendicular al espejo de agua y respetando el contorno de las construcciones existentes. La referencia planimétrica viene dada por la conformación del edificio y del parque de la Colonia Roma, así como por el trazado del canal fluvial existente.
